10/12/2007
 
Nacimiento de Los Llanos de Aridane 2007  
   

Texto: María Victoria Hernández

En lo más alto, en el reino de aire y cielo limpio, blancas nieves, la grandiosa montaña del pico Teide, imponente, majestuosa, sosegada, vigía y guardia de todo lo que hay a sus pies.

Sobre un caballete un lienzo blanco y una paleta de mil colores. Un pincel se apresura, conducido por la mano del anónimo pintor, a captar aquel paisaje. Medita tranquilamente. Se impregna del lugar y del aroma de flores y hierbas silvestre que lo arropa y rodea. Se encuentra ante el Caserío de Masca, con un cielo repleto de azules, profundos y angostos barrancos, cientos de esbeltas palmeras con racimos de amarillos dátiles, sencillas casas coronadas por tejas de barro, intrincadas veredas y caminos pedregosos, higueras, nopales y piteras rodeadas de paredes de piedra seca. Alongados sobre el barranco pequeños bancales de tierra barrienta y rojiza y a la espalda el mar inmenso y rugiente frenado por un abismal acantilado donde crece la orchilla.

Algo distrae al pintor. El eco de los barrancos repetía una alegre algarabía. En aquella misma comarca de la isla de Tenerife había unos pastores, que se resguardaban en un aprisco junto a sus rebaños de la suave ventisca bajo un techo de estrellas.

De pronto un ángel del Señor se presentó ante ellos y la gloria de Dios los envolvió con destellos y luces celestiales. Sobrecogidos y con temor escucharon la dulce voz de un ángel que les decía: “Deponed el miedo. Vengo a anunciaros una nueva que traerá grandes gozos. Hoy en la ciudad de David os ha nacido un salvador. Os doy esta señal, hallareis a un niño envuelto en pañales en un pesebre”.

En aquel momento se sumó al ángel un legión de celeste ejercito, que alababan a Dios diciendo: ¡¡Gloria a dios en los cielos y en la tierra paz ¡!

Poco a poco se fue corriendo la voz, algo extraordinario estaba pasando. Los perros aullaban, se escuchaban trinos de pájaros y el kirikiki de un gallo de plumas de color blanco y oro. El caserío tomaba vida. Sus gentes se pusieron en marcha por caminos, veredas y quebradas. Todos querían participar de aquella buena nueva. A la comitiva de pastores y labriegos se le unieron, guiados por una estrella de luminosa estela de luz, tres Reyes que dijeron eran magos y se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar. Sones de castañuelas, panderos, jolgorio y algarabía iban aumentando. Se buscaba en su humilde pesebre, a José, María y al niño. Entre un buey y una mula en unos sencillos pañales, encontraron a Jesús, el que sería el Salvador y Mecías.

Presurosos, alegres y risueños le entregaron sus ofrendas: jugosas frutas, un tierno cordero, miel de abeja, huevos de gallina negra, y los Reyes de Oriente en señal y símbolo de alabanza: oro, como Rey, incienso, como Dios y mirra, como Hombre.

El anónimo pintor fue testigo de aquel hecho y prodigio que se desarrolló entre la agreste y bella geografía de Masca, bajo la vigía del adormecido gigante volcán de El Teide, Patrimonio de la Humanidad.

Mientras las campanas cantarinas de la pequeña ermita repican de alegría y la brisa de la cumbre alejada del murmullo y la algarabía del nacimiento de Los Llanos de Aridane ¡¡ Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz!!, ¡¡ Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz!!, ¡¡ Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz!!.

 
   
Reportaje Fotográfico